¿Qué hacían y en qué creían los muiscas?

El Maíz: Alma y Sabor de la Cultura Muisca

02/02/2024

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En Colombia, como en muchos rincones de Latinoamérica, el maíz no es simplemente un alimento; es un pilar fundamental de la identidad, una herencia ancestral que late en el corazón de su cultura. Los colombianos, orgullosamente, nos reconocemos como hijos del maíz, un legado que se remonta a nuestras comunidades indígenas, y que, a pesar del implacable paso del tiempo, ha logrado resistir, conservándose con fervor entre campesinos, poblaciones nativas y habitantes de las ciudades por igual. Este cereal, de una importancia innegable, se mantiene vigente hasta nuestros días, siendo el tercer cultivo con mayor superficie de siembra en el país, solo superado por el café y el arroz, y aportando un significativo 9% de la energía en la dieta alimenticia nacional. Pero más allá de las cifras y los cultivos, la verdadera esencia del maíz reside en su valor cultural e histórico, especialmente para civilizaciones como la Muisca, para quienes este grano fue mucho más que un simple sustento.

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Un Regalo de los Dioses: El Maíz en la Cosmovisión Muisca

La historia del maíz es tan antigua como la de los pueblos que lo cultivaron. Sus orígenes nos transportan a México, cuna del teocintle, la planta madre del maíz, domesticada por mujeres indígenas que, con paciencia y sabiduría, seleccionaron los mejores granos, transformando el teocintle en el maíz que hoy conocemos a lo largo de doscientos años. Esta invaluable labor permitió que las semillas se dispersaran por todo el continente, haciendo del maíz un regalo de la interacción humana con la naturaleza.

Para los Muiscas, una de las civilizaciones precolombinas más influyentes de lo que hoy son Cundinamarca y Boyacá, el maíz no fue un descubrimiento, sino un obsequio divino. El mito de Pícara y el dios Bochica narra cómo, en tiempos de una sequía devastadora y hambruna generalizada, el sabio Bochica, deidad de los abuelos muiscas, intervino. Pícara, un joven desesperado por la situación de su familia, emprendió un viaje para intercambiar unos granos de oro y piedras verdes por comida. Tras un encuentro con un pájaro negro y la aparición de Bochica, se le indicó que dejara el oro y las esmeraldas en el campo y regresara en “cuatro lunas”. Al volver, el joven encontró un campo sembrado con plantas verdes, sedosas y brillantes, coronadas con penachos dorados: el maíz. Este relato épico cimentó la convicción de que el maíz era una planta nacida del oro y la esmeralda, un don de Bochica que salvó a su pueblo de la inanición.

Gracias a esta intervención divina, el maíz se consolidó como un cultivo sagrado para la comunidad Muisca. Su profundo agradecimiento se tradujo en la celebración de numerosos ritos y festividades en torno a este grano. La bendición de las semillas, los rituales para asegurar una buena cosecha y las ceremonias para atraer la lluvia eran prácticas esenciales que reflejaban la veneración y la dependencia de este alimento vital. Incluso hoy en día, algunas de estas prácticas ancestrales perduran, como el “trueque”, una actividad de intercambio de alimentos que aún se realiza en mercados campesinos en lugares emblemáticos como la Plaza de Bolívar en Bogotá, manteniendo viva la esencia de una economía basada en la reciprocidad y el valor de los productos de la tierra.

Sustento y Tradición: El Maíz en la Dieta y la Cultura Muisca

La importancia del maíz para los Muiscas se extendió más allá de su carácter sagrado y alimenticio, impregnando cada aspecto de su vida. Este cereal no solo era la base de su dieta, sino que también se utilizaba para alimentar a sus animales. Su omnipresencia en la culinaria ancestral Muisca sentó las bases para lo que hoy es una parte ineludible de la gastronomía colombiana.

Las arepas, por ejemplo, son una insignia de la alimentación tradicional colombiana, con una diversidad asombrosa que incluye la antioqueña, la de choclo, la boyacense, la de maíz peto, entre muchas otras. Nos hemos criado con las arepas como parte integral de nuestro día a día. Historias como la de Viviana Acosta, quien vende arepas en La Calera, o Irene, con su negocio “El Zoológico” en Bogotá, son testimonio vivo de cómo esta tradición, arraigada en el cultivo y preparación del maíz, se ha transmitido de generación en generación, convirtiéndose en una fuente de sustento y orgullo familiar. Estas arepas, a menudo elaboradas con maíz orgánico y siguiendo recetas transmitidas por abuelas y padres, conectan directamente con ese legado ancestral, aunque no sean de origen Muisca explícitamente, su existencia demuestra la pervivencia de la cultura del maíz.

Además de las arepas, las sopas a base de maíz también ocupan un lugar preponderante en la mesa colombiana. La mazamorra, un plato típico de Antioquia, ha trascendido fronteras departamentales gracias al espíritu emprendedor de personas como Adriana, quien junto a su esposo Pedro, ofrece esta nutritiva sopa cerca del Museo Nacional en Bogotá. Preparada con esmero desde tempranas horas de la mañana y endulzada con panela de Paloquemao, la mazamorra es otro ejemplo de cómo el maíz sigue alimentando y deleitando a los colombianos, manteniendo viva una tradición culinaria con profundas raíces.

Pero el maíz para las tribus indígenas, incluyendo a los Muiscas, no solo era alimento. También se le reconocían importantes propiedades medicinales. Según el Consejo Regional Indígena del Cauca (CRIC), la presencia de antocianinas en los maíces morados ofrece protección contra el desarrollo de tumores. La cocción de los pelos o “barbas” de la mazorca se usaba para aliviar problemas renales, limpiar las vías urinarias y combatir la hinchazón. Las cataplasmas de harina de maíz eran desinflamantes, mientras que las hechas con la cocción de los granos servían para aliviar llagas, heridas, contusiones y dolores reumáticos. Estas aplicaciones demuestran una comprensión profunda de la naturaleza y sus beneficios, un conocimiento que formaba parte integral de la sabiduría indígena.

La Chicha: Bebida Ancestral y Símbolo de Identidad

Dentro de la rica tapestry cultural Muisca, la chicha ocupa un lugar especial. Esta bebida ancestral, hecha a base de maíz fermentado, era un elemento clave en las celebraciones y rituales indígenas, usada para embriagarse y conectar con lo espiritual. Aunque la chicha podía prepararse con otros tubérculos como la yuca o la batata, el maíz era el preferido por los indígenas debido a su rápido ciclo de cosecha, lo que garantizaba una disponibilidad constante.

El proceso de elaboración de la chicha era una labor que involucraba a la comunidad, especialmente a las mujeres. El cereal se remojaba y luego era masticado por ellas para iniciar el proceso de fermentación a través de la saliva. Esta porción masticada se mezclaba con el resto del maíz y se hervía durante tres o cuatro horas. Posteriormente, se colaba y se dejaba fermentar el tiempo necesario para alcanzar el sabor deseado. Este método, tan particular y significativo, resalta la conexión íntima entre el cuerpo, el alimento y el espíritu dentro de la cultura indígena.

Hoy en día, la tradición chichera persiste con vigor en Bogotá, especialmente en el histórico sector del Chorro de Quevedo y la Plaza de La Perseverancia. Lugares como “Los Troncos de la Abuela”, el negocio de Víctor, heredado de su madre, mantienen viva la costumbre. Para Víctor, la chicha es un elemento fundamental en las celebraciones familiares, especialmente en Navidad. Su receta, aunque modernizada (sin masticar el maíz, sino moliéndolo y mezclándolo con panela), sigue siendo un vínculo con el pasado. Judith, otra de las chicheras más antiguas del Chorro de Quevedo, inició su negocio “La chicha, el maíz y la dicha” hace 25 años, motivada por la necesidad económica. Su chicha, servida en el tradicional “totumo” y disfrutada en un local con paredes cubiertas de mensajes y grafitis, se ha posicionado como una de las mejores del lugar, un verdadero homenaje a la cultura y la resistencia.

¿Qué frutas cultivaban los muiscas?
Los cultivos mas importantes de la región a la llegada de los españoles eran el maíz, la papa, la yuca, ahuyama, fríjol, hibias, cubios, chuguas, piña, guayaba y ají.

En La Perseverancia, la Plaza de Mercado es un epicentro donde el maíz se utiliza en casi todos los platos típicos, como lo afirma María del Pilar Delgado, comerciante y cocinera. Este barrio también es sede del Festival de la Chicha, la Vida y la Dicha, una vibrante celebración que tiene lugar en noviembre. Este encuentro, donde la chicha es patrimonio cultural de la ciudad, reúne a habitantes, jóvenes y extranjeros en torno a bailes, comida típica y, por supuesto, abundante chicha. Es una muestra fehaciente de cómo las generaciones actuales se resisten a perder las valiosas tradiciones indígenas.

El Maíz Nativo: Un Legado en Peligro y la Resistencia Indígena

A pesar de su profunda importancia cultural e histórica, el maíz nativo enfrenta hoy serias amenazas. La Red por una América Latina Libre de Transgénicos, aliada del CRIC, ha alertado sobre el peligro que corre este cultivo al ser “el más manipulado por la industria semillera y biotecnológica”. Un puñado de empresas transnacionales controlan el mercado, implementando estrategias jurídicas y comerciales que empujan al pequeño campesino a abandonar sus semillas propias y entrar en circuitos de dependencia.

En Cundinamarca, donde se encuentran las únicas dos especies de maíz nativo colombiano, el maíz pollo y el maíz pira, la producción tradicional se aferra a la chagra, un sistema de cultivo ancestral que integra fríjol y calabaza, sin híbridos ni químicos. Este método, heredado de las comunidades indígenas, es preservado por campesinos y agrónomos como Diego Chiguachí. Sin embargo, la producción tecnificada amenaza esta herencia. El monocultivo reemplaza la chagra, y las semillas nativas son sustituidas por semillas genéticamente mejoradas, a las que se les adicionan fertilizantes y plaguicidas nocivos para la salud humana y para la “Pachamama”, como la llaman los indígenas.

La firma del Tratado de Libre Comercio (TLC) con Estados Unidos en 2011 disparó el uso de semillas transgénicas en Colombia, incluyendo Cundinamarca. Estas semillas y sus cosechas inundaron los mercados, desplazando las variedades nativas. El CRIC advierte que “se pierden también las prácticas agrícolas y culturales asociadas a estas variedades, solo subsisten algunas, gracias al trabajo heroico de campesinos que las conservan por su valor cosmogónico o cultural”.

Para comunidades indígenas como los Yanaconas, que han tenido que migrar a ciudades como Bogotá debido al conflicto armado, la pérdida de territorio ha significado la pérdida de su soberanía alimentaria. Al no poder sembrar su propio maíz nativo, se ven obligados a no consumirlo, ya que el maíz comercial contiene químicos que “dañan nuestros cuerpos”, como afirma Yawar, un joven Yanacona. Esta situación no solo implica la pérdida de una tradición alimenticia, sino también de una parte fundamental de su identidad y su conexión con la naturaleza, exacerbada por los efectos del cambio climático en sus territorios ancestrales.

Paradójicamente, gran parte del maíz importado, como el maíz amarillo dentado de Estados Unidos, está destinado a la alimentación animal por ser más económico. Sin embargo, Fenalce denunció en 2018 que este maíz, apto solo para consumo animal, termina distribuyéndose en plazas de mercado y supermercados debido al contrabando técnico, exponiendo a los colombianos a un alimento que puede tener consecuencias negativas para la salud. El maíz, de ser el oro indígena y el regalo de Bochica, ha pasado a ser, en algunos casos, un alimento de alto riesgo.

David Ramírez Bernal, un integrante de la comunidad Muisca, lo resume con claridad: “Si no hubiera más maíz en el mundo, se perdería algo muy propio de nuestras raíces, y eso es algo clave. Hemos crecido y nos hemos transformado con él. Los químicos nos enferman, y es por ello que debemos buscar las alternativas para comprarle a los campesinos y así, también, ayudar a sus economías”. Su llamado resuena con la urgencia de proteger no solo un alimento, sino un patrimonio cultural, histórico y espiritual.

Preguntas Frecuentes sobre el Maíz Muisca

¿Cómo llegó el maíz a la comunidad Muisca?
Según la mitología Muisca, el maíz fue un regalo del dios Bochica, quien, en un acto de compasión durante una severa sequía y hambruna, transformó el oro y las esmeraldas de un joven llamado Pícara en las primeras plantas de maíz, salvando así a su pueblo.
¿Qué significado tenía el maíz para los Muiscas más allá de ser alimento?
Para los Muiscas, el maíz era un cultivo sagrado, un símbolo de la vida y la providencia divina. En torno a él se realizaban numerosos rituales y celebraciones, como la bendición de las semillas, ceremonias para asegurar la buena cosecha y ritos para atraer la lluvia. También tenía usos medicinales y era la base de su bebida ceremonial, la chicha.
¿La chicha Muisca se prepara de la misma forma hoy en día?
La preparación ancestral de la chicha implicaba que las mujeres masticaran el maíz remojado para iniciar la fermentación con su saliva, seguido de cocción y fermentación. Aunque esta técnica ha sido reemplazada por métodos más modernos (molienda, mezcla con panela, hervido), la esencia de la chicha como bebida fermentada de maíz y su significado cultural se mantienen vivos en lugares como el Chorro de Quevedo en Bogotá.
¿Por qué es importante preservar el maíz nativo para las comunidades indígenas hoy?
La preservación del maíz nativo es crucial para las comunidades indígenas porque representa su soberanía alimentaria, su conexión con la tierra (Pachamama), sus prácticas agrícolas tradicionales y su valor cosmogónico. La introducción de semillas transgénicas y la agricultura industrial amenazan no solo su alimentación, sino también su identidad cultural y espiritual.

Conclusión: El Maíz, Eterno Corazón de Colombia

El maíz, ese grano humilde pero poderoso, es mucho más que un ingrediente en la gastronomía colombiana; es el hilo conductor de una historia milenaria que une a los colombianos con sus raíces ancestrales. Para la comunidad Muisca, el maíz fue un regalo divino, un símbolo de vida, abundancia y conexión con lo sagrado, un pilar que modeló su cultura, sus rituales y su visión del mundo. Desde las nutritivas arepas que acompañan cada desayuno hasta la chicha fermentada que evoca tiempos ancestrales, el maíz sigue siendo el corazón latente de la culinaria y la identidad colombiana.

Sin embargo, este legado invaluable enfrenta desafíos significativos en la era moderna, desde la amenaza de las semillas transgénicas hasta la pérdida de la soberanía alimentaria en las comunidades indígenas. La historia del maíz en Colombia es un llamado a la reflexión sobre la importancia de preservar nuestras tradiciones, de honrar el conocimiento ancestral y de apoyar a quienes, con heroísmo y dedicación, continúan cultivando y protegiendo este “oro indígena”. Al reconocer y valorar la profunda importancia del maíz para pueblos como el Muisca, no solo celebramos un alimento, sino que también reafirmamos una parte esencial de lo que significa ser colombiano.

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